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Lo que se viene

Dos ingredientes para la justicia social: curiosidad y creatividad


Para Pablo Latapí Sarre, pionero de la investigación educativa en México, “la educación como acción social es una herramienta fundamental para el desarrollo de sociedades más justas”, y para ser esa herramienta debe afrontar diversos retos en donde pueda seguir cuestionando el modelo de educación bancaria del que habló Freire y luego Mario Kaplún, el cual tiene que ver con entender que el rol del maestro es transmitir información y el del estudiante, recibirla sin más.

Una de las razones fuertes para repensar la educación es que hoy en día se vive en un entorno de saberes múltiples, descentrados del sistema educativo. De ahí que una transformación en los modos de circulación del saber "es una de las más profundas transformaciones que puede sufrir una sociedad”, como afirma Jesús Martín Barbero. Es importante entender esa multiplicidad de saberes e información que circula por otros canales, difusos y descentralizados, implica que ese enfoque transmisional debe cambiar para comprender los nuevos modos de leer, ver, aprender y conocer de las personas.

Según este teórico de la comunicación colomboespañol, "lo que el ciudadano de hoy le pide al sistema educativo es que lo capacite para poder tener acceso a la multiplicidad de escrituras, de lenguajes y discursos en los que se producen las decisiones que lo afectan ya sea en el plano laboral o familiar, en el político y el económico”. En este contexto, y si además se aborda la educación desde el enfoque de la justicia, es clave que las escuelas o los entornos para el aprendizaje orienten su acción a interpelar a los estudiantes para que estos puedan tomar un papel activo dentro de su formación. Dicho enfoque de lo educativo apuntaría, entonces, a la promoción de los derechos, a comprender las demandas colectivas de las sociedades y a formar observadores críticos frente a las inequidades que se reproducen en los sistemas de poder los cuales, por mucho tiempo, han centralizado también el conocimiento.



Así, los puntos claves serían que los estudiantes sean quienes también aprendan a cuestionar a sus entornos, de modo que puedan examinar las problemáticas o las situaciones de opresión que viven como individuos, pero también aquellas que incumben al grupo social al que pertenecen, lo cual, hoy en día, no se puede pensar aisladamente. De este modo, quizás el punto más trascendental es que esa mirada reflexiva pueda tornarse en acción y en generación de respuestas nuevas para intervenir y transformar esas situaciones. De ahí que hayan dos elementos claves a incentivar desde la educación formal y no formal: la curiosidad y la creatividad.


La curiosidad que no mató al gato


La curiosidad ha sido entendida como el motor que impulsa todo aprendizaje, un súperpoder que motiva los progresos de los seres humanos en ámbitos como la tecnología, pero también aquellos que tienen que ver con expresiones imaginativas que dan lugar al arte y a la cultura. Sin embargo, para que eso sea posible, es importante definir la curiosidad no solo como el maravillarse por algo, pues si bien la emoción y el disfrute de la novedad son valiosos, no son lo único. La curiosidad implica, de igual manera, saber abrazar lo inesperado, poner atención a lo cotidiano y ahí encontrar lo interesante y complicado. De allí que el ser curioso es el combustible que impulsa el hacerse preguntas.


Autores como Wallace H. Maw y Jon Magoon, han identificado algunos aspectos o comportamientos claves para la curiosidad como:


1. Reaccionar positivamente ante los estímulos novedosos, misteriosos o incongruentes en el entorno.

2. Aproximarse a esos estímulos, observarlos, escucharlos y, si es posible, manipularlos.

3. Expresar la necesidad o deseo de saber más acerca de sí mismo o del contexto, a través de afirmaciones o preguntas.

4. Examinar el entorno en busca de nuevas experiencias.


Además, el ciclo de la curiosidad implica varios pasos. Primero, esa observación atenta que lleva a la formulación de preguntas; luego la indagación o búsqueda de información en varias fuentes y, a partir de estas, el hallazgo de respuestas propias que, por último, se puedan transferir o convertir en acciones que se apliquen a los contextos cotidianos. Así, para el pedagogo estadounidense John Dewey, la curiosidad no es un fin en sí misma, sino el comienzo de un proceso de descubrimiento o de solución de problemas. Es por eso que debe ir de la mano del desarrollo de la creatividad, la cual puede estar orientada hacia varios fines y que, dentro de la búsqueda de la justicia social, es fundamental.


La creatividad es de todos


"El reto de la educación en las próximas décadas no será, simplemente, el dominio del conocimiento, sino el poder del aprendizaje creativo. La era del aprendizaje repetitivo pertenece al pasado".

Francisco Menchén Bellón


Y es que la búsqueda de la justicia social implica encontrar las formas en las que sea posible la distribución equitativa de los recursos y la participación de los distintos grupos en las decisiones que se toman en una sociedad, lo cual requiere que, desde la educación, se fortalezca la comprensión del mundo por parte de las personas, el cultivo de la imaginación y el colaborar con otros. Aquí es donde aparece la creatividad, la cual, según Vygotsky, es una condición esencial en la vida de cada persona, es decir, que no pertenece a unos pocos sino que se desarrolla en todos con la práctica y el esfuerzo, los cuales permiten alcanzar un nivel de experticia, en otras palabras, no se requiere de una predisposición especial para ser creativos, pero sí el trabajo en el desarrollo de otras habilidades que van de la mano como el observar, relacionar, inferir, interrogar e imaginar.



Adicionalmente, es importante mencionar que la creatividad no solo se relaciona con variables estrictamente cognitivas, sino que las emociones y los sentimientos también son relevantes; lo cual impele, como lo afirma Romina Elisondo a propiciar “placer por aprender, conocer e investigar en interacción con los demás y sobre la base del respeto mutuo de las ideas y los intereses”.


Muchos de los estudiosos de la pedagogía critican la tendencia que ha presentado la educación, incluso en la actualidad, de resistirse frente a la conducta creativa de los estudiantes y, por el contrario, el sobrevalorar el pensamiento convergente. Esta actitud minimiza la importancia de la creatividad hoy en día frente a una sociedad compleja en la que se hace más que necesario encontrar ideas no predeterminadas para afrontar los retos de un mundo cambiante.


Ahora bien, las maneras de ejercitar la creatividad en el marco de la búsqueda de la justicia social son diversas. Para investigadores en educación, como Cristina Moreno Pabón y Ángeles Saura-Pérez, los proyectos mediados por el arte permiten percibir los problemas derivados de la injusticia social y razonar de forma crítica sobre posibles soluciones colaborativas y creativas; en otras palabras, aunque la creatividad no necesariamente se define en relación con el arte, sí es cierto que esta puede ser un vehículo importante para motivar y mantener una actitud creativa, cuya finalidad es la transformación social.


Ahora bien, uno de los obstáculos en el desarrollo de esta habilidad tiene que ver con los ambientes en donde las personas interactúan, el pensar que la creatividad es un atributo de unos pocos y también el hecho de que esta se ha vinculado casi que exclusivamente con algunas áreas específicas del conocimiento. Sin embargo, la noción va mucho más allá, como lo apunta la UNESCO, la creatividad es la capacidad para transformar la realidad.


No obstante, no se trata tampoco de afirmar que los entornos de educación formal o no formal maten esta característica, pues estos espacios brindan algo fundamental para que un individuo sea creativo y es el propiciar a las interacciones que se pueden dar con otras personas, los vínculos que se pueden construir. Según María Cristina Rinaudo, doctora en Ciencias de la Educación, “las personas no aprenden ni son creativas solas, siempre se desarrollan con otros y a partir de interacciones con conocimientos y objetos construidos culturalmente”.


El potencial es grandísimo, por eso es importante que estos sitios también vean que la creatividad puede ser una semilla que tiene un campo fértil si se sabe aprovechar y este es el de las hipertextualidades que se posibilitan gracias a las mediaciones tecnológicas actuales, pues estas brindan caminos divergentes, infinitas alternativas y múltiples relaciones entre diversas voces, textos y perspectivas, así como nuevas interacciones.


Y es que, como lo afirma Jesús Martín Barbero:


“Si la educación no se hace cargo de los cambios culturales que pasan hoy decisivamente por los procesos de comunicación e información no es posible formar ciudadanos, y sin ciudadanos no tendremos ni sociedad competitiva en la producción ni sociedad democrática en lo político”.





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