El arte y la ciudadanía democrática

Muchas de las naciones del mundo se están enfocando en producir generaciones de máquinas útiles, en lugar de ciudadanos completos que puedan pensar por sí mismos, criticar la tradición y entender el significado de los sufrimientos y logros de otra persona, dice la filósofa estadounidense Martha Nussbaum quien considera que en la educación se están eliminando aprendizajes que se consideran “inútiles” con el fin de mantener su competitividad en el mercado global.


Así, la meta de una nación que tiene este modelo de desarrollo, es el crecimiento económico y no se preocupa por la distribución y la igualdad social y por eso prioriza la enseñanza solo de habilidades básicas de alfabetización y centradas en la aritmética. Sin embargo, eso que el sistema actual considera inútil como el cultivo de las humanidades y las artes, es clave en las sociedades democráticas para desarrollar la compasión, la cual es esencial para el logro de la justicia social.


¿Quién es Martha Nussbaum?

Es una de las filósofas contemporáneas más relevantes, es conocida por ser defensora de la educación y las letras para la construcción de ciudadanía, por sus ensayos sobre filosofía antigua y el estudio de las emociones y porque ha desarrollado también, junto con el economista Amartya Sen, la teoría del "enfoque de las capacidades" como una manera de analizar las cuestiones de justicia básica.


PH. GIANLUCA BATTISTA



¿Cómo debe ser una educación que promueva la justicia social?

Si una nación quiere promover un tipo democracia humana, sensible a las personas, dedicada a la promoción de oportunidades para "la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad" para todos y cada uno de los habitantes de un territorio, es necesario un sistema educativo que procure cultivar tres valores cruciales para una ciudadanía democrática:

1. La capacidad socrática de autocrítica y pensamiento crítico.

2. La capacidad de verse a sí mismo como miembro de un mundo heterogéneos y así poder entender y apreciar la diversidad.


3. La capacidad de pensar en lo que podría ser estar en los zapatos de una persona, lo que Nussbaum llama: imaginación narrativa



Marco Aurelio afirmaba que para llegar a ser ciudadanos del mundo, “no bastaba con acumular conocimiento; también debíamos cultivar una capacidad de imaginación receptiva que nos permitiera comprender los motivos y opciones de personas diferentes a nosotros”.


¿Cómo lograr esa ciudadanía democrática?

En este punto, las artes desempeñan un papel vital, puesto que cultivan poderes de la imaginación que son esenciales para la construcción de ciudadanía. ¿Y cómo el arte puede lograr esto?

Martha Nussbaum afirma que una función fundamental del arte es desafiar la sabiduría y los valores convencionales, como lo hacía Sócrates porque:


1. Las artes cultivan las capacidades de juicio y sensibilidad. Esto aplica para todas las prácticas artísticas, pero especialmente para la literatura, pues esta tiene un gran potencial para representar las circunstancias y problemas específicos de personas de distintas clases.


2. El arte incomoda y tiene la posibilidad de enfrentarnos a aquellos a quienes habitualmente no nos gustaría conocer o a aquello por lo que usualmente no nos preguntamos y esto posibilita el desarrollo de la empatía. Además, nos da una mirada sobre las formas generales de lo posible, es decir, de lo que podría suceder y del impacto que eso tendría en las vidas humanas.


3. El arte desarrolla capacidades de percepción y juicio fundamentales para la democracia, por ejemplo, permite ver a los seres humanos más allá de meras estadísticas o números, es decir, ser más empáticos.


¿De qué manera se puede cultivar la empatía a través del arte?

Las diferencias de raza, género y orientación sexual, entre otras, nos resultan a veces muy difíciles de comprender y asimilar puesto que parece haber muy pocas probabilidades reales de que una persona blanca se transforme en negra, un católico se inmole o incluso de que un heterosexual se haga transexual.


En estos casos, resulta urgente para la democracia cultivar la empatía o la compasión que requiere asimilar el sentido de la propia vulnerabilidad ante la desgracia. Y esto lo logra el arte porque sus diferentes prácticas posibilitan el ejercicio de las ficciones imaginativas en las que:

  1. Se puede reconocer al otro y tomar conciencia de nuestra común vulnerabilidad y pensar: “Pude haber sido yo, y así me hubiera gustado que me trataran”. Cuando esto se logra, las personas son más propensas a ayudar a quien lo necesite.

  2. Es posible ver las vidas de quienes son diferentes a nosotros con un compromiso y entendimiento receptivos y con enojo ante la forma en que la sociedad le niega a algunos el reconocimiento.

  3. Se cultive la sensibilidad, la curiosidad, el asombro y la pregunta, lo cual, además, puede ayudar a comprender temas o conceptos abstractos como el temor, el amor, la esperanza, la ira.



La importancia de las obras perturbadoras

Según la autora lo ofensivo no constituye en sí un signo de mérito “sin embargo, lo ofensivo de una obra puede ser parte de su valor cívico”, es decir, si queremos ser buenos ciudadanos y cultivar el espíritu crítico; es necesario que no solo nos identifiquemos empáticamente con las obras, sino que también podamos formularles preguntas críticas que nos lleven también a cuestionarnos sobre nuestros propios valores, comportamientos o las prácticas de nuestra sociedad.

Esto, como dice Martha Nussbaum no se puede dar sin obras que estimulen la imaginación incluidas las que son desestabilizadoras y perturbadoras y para lograr este hábito socrático del cuestionamiento se necesita cultivar una actitud hacia esas obras que, en palabras de Nussbaum, “no sea ese distanciamiento y desapego que algunas veces asociamos con la contemplación del arte”.


El arte debe tener una función social

La crítica conservadora, la Nueva Crítica y los formalistas han defendido las respuestas estéticas afinadas, desapegadas frente a los contenidos de la realidad. Esa actitud estética exhorta a mirar el arte sin plantearle ningún tipo de pregunta práctica y esa decisión de no preocuparse por las dimensiones sociales e históricas de las obras también es “un acto político, un acto de tipo inmovilista”, como plantea Nussbaum.



Judith Frank, una joven crítica feminista, dice que permanecer al margen de esos temas y de tratar la obra como un mito distante delata una postura, una postura de desapego de los problemas humanos concretos.

Lo que es realmente grave y digno de preocupación en la actualidad es la visión antihumanista que alaba la diferencia de un modo poco crítico y que niega toda posibilidad de intereses y entendimiento comunes, incluso de diálogo y debate, capaces de llevar a los individuos más allá de su propio grupo. Una visión que va en contra de la postura de que el ciudadano del mundo insiste en que todas las personas necesitan entender las diferencias con las que deben convivir.


¿Entonces el arte logra un cambio político?

Para Walt Whitman el artista tenía una función social que era la de impulsar en nosotros la comprensión y simpatía por todos los marginados u oprimidos, prestándole voz a su lucha.


Y aunque ese reconocimiento y empatía no produce un cambio político per sé, para que existan las sociedades democráticas sí es clave dar cabida en nuestra mente a personas que nos parecen extrañas e incluso aterradoras, es decir, tener una capacidad de apertura y sensibilidad hacia los demás.


En conclusión, si bien el arte no transforma la sociedad por sí sola, la forma artística hace que percibamos por un momento a las personas invisibles de nuestro mundo, y eso, por lo menos, es un comienzo de justicia social, según Nussbaum.


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