Lo que se viene

Ecologías del saber


Pensar la emancipación

La inequidad es una de las problemáticas más evidentes del mundo de hoy, por eso, desde la teoría social se han planteado diversas maneras de entender esta y otras injusticias que han sido sistemáticas y que parecen no detenerse. Una de las razones que se han encontrado para este fenómeno es que, por mucho tiempo, se ha naturalizado la creencia de que la manera de pensar de los países europeos y de Estados Unidos, es la única forma de racionalidad válida, lo cual ha marginado cultural y epistemológicamente a otras culturas y maneras de conocimiento y ha llevado a que muchos pueblos continúen oprimidos.


A esto, Boaventura de Soussa Santos lo ha llamado la razón indolente, que ha sido el corazón de la racionalidad moderna, y que es también es una de las principales maneras en las que se ha extendido la hegemonía. Este concepto hace referencia a la falta de reconocimiento de que la experiencia social del mundo es mucho más amplia y variada que lo que se ha propuesto desde la tradición científica o filosófica occidental.


Uno de los ejemplos paradigmáticos de esta invisibilización ha sido cómo el saber tradicional indígena no es tomado en cuenta o, incluso, es minimizado, cuando quien lo posee, como el caso de un chamán, no ha recibido un diploma de una universidad avalada por instituciones tradicionales. En ese sentido estos saberes se convierten en ausencias, en algo que no es visible o, mejor dicho, que se muestra como no existente, lo cual ha llevado a una monocultura del saber, es decir, a pensar que las demás experiencias sobre la realidad no tienen la validez ni el rigor sino son atravesadas por el método científico.


El término injusticia epistémica fue acuñado en el 2007 por Miranda Fricker, con el cual hace referencia al fenómeno por el cual un individuo es dañado en su capacidad para desarrollarse como sujeto de conocimiento


Una situación como la de la minusvaloración de un conocimiento, en el caso de los pueblos indígenas, es un claro ejemplo de injusticia epistémica. Otra manifestación clara de esta situación se dio, puntualmente, cuando el gobierno francés puso en entredicho la capacidad de las mujeres musulmanas como sujetos de conocimiento al prohibirles usar el velo, por ser considerado contrario al secularismo que promueve dicho país. Todo esto refleja, de alguna manera, la afectación a la producción sociocultural de otras culturas.





Otras manifestaciones de la injusticia

La manera en la cual se han extendido estas inequidades no son solo a través del monopolio del saber, sino también de cómo se comprende la temporalidad, ya que desde Occidente se ha pensado la historia de manera lineal, teleológica, como si tuviera una dirección y, por tanto, según esta perspectiva, unos están por delante de otros. En esa vía, también se han marcado las diferencias sin buscar los puntos en común que hay entre las comunidades y sin entender las razones por las cuales existen dichas diferencias.


"La indolencia se combate en la medida en que se hace emerger una razón alternativa, cosmopolita y subalterna, reconociendo que la experiencia social del mundo es más amplia y variada de lo que la conoce". Boaventura de Soussa Santos

El problema de buscar la homogeneidad no solo en el pensamiento sino en las formas de vida, sería dejar por fuera toda la riqueza que proporciona la diversidad. Desde esta premisa, se entiende que se puede hacer que el mundo sea inteligible sin destruir lo distinto y sin caer en lo que Soussa Santos llama las monoculturas. Así, el punto no sería destruir el saber científico, sino ponerlo a conversar con el saber laico, el saber popular, el de los indígenas, el de las poblaciones urbanas marginales y demás.


La importancia de esta ecología del saber y del reconocimiento se evidencia en un territorio que ha sufrido injusticias de manera continua, se trata del departamento del Chocó, en el cual la cultura está permeada no solo por la visión occidental, sino donde todavía quedan estratos del saber de los afrodescendientes y los indígenas, lo cual da cuenta de cómo la manera de entender el mundo reposa en la intersubjetividad, que es el espacio donde la realidad adquiere sentido y sirve de base para las acciones de los sujetos en su día a día.





Los habitantes de Quibdó en diversas ocasiones han mostrado que donde hay poder también hay resistencia y esta última la han efectuado desde la reivindicación de sus saberes, especialmente, a través del arte y la cultura. Esto último es fundamental porque, como lo decía Antonio Gramsci, las personas en posiciones de poder se han dado cuenta de que una forma mucho más efectiva de controlar a las poblaciones, es manipulando sus parámetros culturales; por eso, la resistencia también empieza desde la cultura, en este caso, desde los movimientos populares.


Así, desde la perspectiva de la lucha contra las injusticias, un primer paso es reubicar el lugar de lo popular al asumirlo como parte de los procesos históricos de un pueblo y, por tanto, como dice Jesús Martín Barbero, reivindicar su presencia. Se habla especialmente de lo popular porque esto, como lo dice este teórico de la comunicación colombo español, es la manifestación de una concepción del mundo y de la vida, que se halla "en contraposición (esencialmente implícita, mecánica, objetiva) a las concepciones del mundo oficiales”.


El valor de lo popular no reside en su autenticidad o su belleza, sino en su representatividad sociocultural, en su capacidad de materializar y de expresar el modo de vivir y pensar de las clases subalternas. Jesús Martín Barbero

Con todo lo anterior, las luchas por la justicia epistémica son parte de un proceso que busca reafirmar el concepto de justicia social como parte de un proyecto de reconocimiento de las diferencias culturales, de la diversidad de saberes y de la necesidad de cuestionar las manipulaciones que se han hecho desde los poderes que imponen una sola manera de ver la realidad, como el caso del neoliberalismo que se ha planteado como la única alternativa posible, según lo afirma el escritor Mark Fisher.


Entender la complejidad

La modernidad occidental experimenta una crisis que exige pensar el mundo desde un nuevo paradigma, como lo planteaba Edgar Morin, el de la complejidad, teniendo en cuenta que si se quiere un mundo mejor, se debe comenzar por pensarlo como una realidad pluridimensional, paradójica, cambiante, con orden y desorden. Esto es, sin duda, un desafío, pero también es una necesidad que aparece a medida en que se van observando, con mayor claridad, los límites y las insuficiencias del pensamiento que simplifica y reduce la realidad.


Pero reconocer las implicaciones políticas de una posición o de un conocimiento, lejos de invalidarlo como ideología o de conducirnos a un relativismo del todo-vale, emplaza (…) a una producción de conocimiento socialmente comprometida y responsable.

Cruz, María Angélica; Reyes, María José; Cornejo, Marcela


Como decía Marco Aurelio, “no basta con acumular conocimiento; también debemos cultivar una capacidad de imaginación receptiva que nos permita comprender los motivos y decisiones de personas diferentes a nosotros”. De este modo, siguiendo los planteamientos de Martha Nussbaum, resulta urgente para la democracia cultivar la empatía a través de la promoción y el fortalecimiento de un conjunto de capacidades. Una de ellas es la compasión, la cual requiere asimilar el sentido de la propia vulnerabilidad al ver a otro, al conversar con él. Aquí la imaginación es clave, porque si, por ejemplo, no se puede cambiar de “piel”, al menos se podría imaginar qué se siente ser indígena o afrodescendiente o mujer o migrante.


En este punto, como lo expresaba el poeta Walt Whitman, el artista tiene una función social clave y por eso no se puede prescindir de las artes ni de las humanidades en los procesos formativos que son las plataformas desde las cuales se podría construir la ciudadanía y abrirle campo a otros puntos de vista y saberes sobre el mundo. Es desde allí es que todavía se puede impulsar en las personas la comprensión y simpatía por todos los marginados u oprimidos, prestándole voz a su lucha.


En otras palabras, para una democracia es clave fomentar una capacidad de apertura y sensibilidad hacia los demás, así como el pensamiento crítico reconocer sus saberes, sus tiempos y, sobre todo, sus producciones culturales sin dejar nunca de hacerse preguntas.



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