Recuperar la confianza

En Colombia se puede hacer una radiografía sobre cuáles son los principales problemas que se tienen como país. Hay muchas respuestas y lecturas sobre esos diagnósticos y quizás hay uno al que no se le ha prestado la suficiente atención y que es la causa y la consecuencia de muchas de esas problemáticas: la desconfianza.


Autores como Francis Fukuyama han planteado incluso que el bienestar de una nación se halla condicionado por una característica fundamental: el nivel de confianza inherente a esa sociedad, que implica creer en la conducta futura de otras personas en donde el individuo tiene poco control y esa falta no le genera incertidumbre.





¿Cuáles son los costos de la desconfianza?

Aunque no parezca, el no confiar en los demás tiene costos sociales y también económicos porque sin confianza se hace difícil la cooperación, la construcción en conjunto y el pensar y actuar para el bien común, como lo ha mostrado Corpovisionarios en varios de los informes que ha presentado sobre cultura ciudadana.


Según la encuesta realizada a principio de 2020 por el programa de Alianzas para la Reconciliación de la Agencia de los Estados Unidos (Usaid) y Acdi-Voca, los colombianos solo confían en altas proporciones en su familia y la mayoría cree poco o nada, en las instituciones sociales del país, tales como el Gobierno, los medios de comunicación o el Ejército.

Algunas de las razones para esa pérdida de la credibilidad es la corrupción, el mal desempeño de los funcionarios y la falta de cumplimiento de las responsabilidades sociales de estas instituciones; lo cual debilita el entusiasmo de los ciudadanos para apoyar a los organismos del Estado en la búsqueda de soluciones a problemáticas comunes desde lo político.


En esta encuesta, como en muchas otras en la que se les pregunta a los colombianos por sus índices de confianza, la respuesta rara vez varía o cada vez se incrementa más la desconfianza. Así, en un contexto en el cual se percibe a los otros de manera negativa -pues un porcentaje significativo de los ciudadanos tiene una mala imagen de los demás, no solo de los funcionarios públicos- se obstaculiza la realización de acuerdos, la resolución pacífica de conflictos y, en general, la acción colectiva.



Normas y coerción: los sustitutos de la confianza


Ser ciudadano implica saber celebrar, reconocer y cumplir los acuerdos y para esto la confianza es fundamental, pues “es una forma de lidiar con la libertad de los otros”, dice el científico social Diego Gambetta. Para este autor la confianza es una creencia frágil y aunque lograrla puede tomar mucho tiempo, esta puede destruirse en un instante, de ahí que en general los gobiernos no inviertan en promoverla y, por eso, la única manera en la que buscan garantizar la cooperación es a través de la normatividad, como arreglo institucional, y con la coerción.


Sin embargo, esta última no solo implica una gran demanda de recursos, sino que genera resentimiento entre ciudadanos y gobernantes, como se ha visto con el paro nacional y las dificultades que se han tenido para llegar a un acuerdo, a raíz de los hechos violentos y la poca confianza que hay entre las partes. Esto, de hecho, entorpece la implementación de políticas públicas y también abre el camino a la instauración de poderes ilegales o de instituciones extralegales que ofrecen protección, seguridad y suplen, muchas veces, asuntos básicos de las poblaciones a donde el Estado no llega.


De acuerdo con la investigación de Usaid, solo 4,8% de los encuestados confía en sus vecinos, 16,9% confía en la mayoría, 56,6% confía en pocos y 21,8% no confía en ninguno.

Por otro lado, el cumplimiento de las normas también, en muchos casos, depende de la confianza y la percepción del otro: de la representación que nos hacemos de ellos, como lo dice el filósofo Henry Murrain, la cual tiene que ver con patrones culturales y sesgos cognitivos de los cuales, muchas veces, no somos conscientes. En ese sentido, si no hay confianza en los demás, si se piensa que el otro todo el tiempo hará trampa, es muy difícil fomentar la construcción conjunta del bien común.



El pequeño círculo de la confianza





La mayoría de los colombianos parece solo confiar realmente en su círculo más cercano, es decir, en su familia. Sin embargo, esto tiene consecuencias como la que nombró el politólogo Edward Banfield como “familismo amoral”, es decir, la tendencia a poner a la familia por encima de todo, la cual puede llevar a actuar de manera egoísta respecto al resto de la sociedad. Este fenómeno no solo es común en Colombia sino también en varios países de América Latina, donde las personas han usado ese familismo como justificación para desobedecer la ley y usar la violencia, si con esto se puede mostrar algún tipo de reciprocidad frente a quienes se confía.


Otro de los pocos ámbitos en los que los colombianos confían son el sistema educativo y la Iglesia. El primero porque, la educación es una de las pocas cosas a las cuales puede aspirar una persona de escasos recursos, es decir, es casi el único medio de asegurarse un futuro mejor y el segundo porque, tradicionalmente, la iglesia en este país se ha posicionado como uno de los lugares a donde la gente acude cuando el Estado falta o falla.


En cambio, ni el Congreso, ni el sistema jurídico, ni los medios de comunicación, ni las Fuerzas Armadas, ni los partidos políticos, ni las grandes empresas privadas, ni los funcionarios públicos se salvan del escepticismo general y esto hace que sea mucho menos probable que se lleven a cabo acuerdos, que se cuiden y cumplan dichos acuerdos, y que haya más probabilidades de que las personas avalen la justicia por mano propia, incumplan las normas, se produzcan más delitos y que se perciba el país como más inseguro.



¿Qué se puede hacer?


En un caso como el de Colombia que dice que los demás son corruptos y no hay que confiar ellos, es necesario promover iniciativas de cultura ciudadana que permitan transformar la “percepción del otro”, pues, como se mostró, la confianza general depende de la percepción de confiabilidad de los otros. Una de las maneras en las que esto se ha intentado, es llevando a cabo experimentos sociales que muestren a las personas que ese imaginario sobre que todos los otros no son confiables o que son tramposos, no pueden asumirse como algo obvio o natural.


Por ejemplo, en algunas ciudades de Colombia y en diferentes países se han implementado tiendas en las que no hay una persona que esté todo el tiempo pendiente de cobrar por los productos, las personas simplemente retiran el producto que quieran y dejan el valor correspondiente en una caja. Según se ha demostrado, el replicar estos ejemplos y hacerlos a gran escala en los espacios públicos puede tener efectos positivos como que:


1. Las personas sean conscientes de que existe una regulación social implícita de los demás ciudadanos y esto permite que no se hagan trampas
2. Las personas rompan las expectativas de desconfianza normalizada, al ver que los demás no defraudan
3. Se cree una ética del cuidado en donde se valoren ese tipo de comportamientos en el colectivo y se haga cada vez más difícil traicionar los acuerdos

Además, se requieren instituciones más sólidas que puedan reforzar la credibilidad y la capacidad de los Estados para responder a las demandas de los ciudadanos y prestar mejores servicios, empezando por luchar contra la corrupción, lo que implica, involucrarse más con la sociedad civil y promover las políticas de gobierno abierto. Esto también incumbe a toda la ciudadanía, pues si no confiamos en las instituciones con las que tenemos mayor contacto, probablemente es porque estemos viviendo una crisis de representación y de legitimidad, en otras palabras, que estamos eligiendo representantes populares que consideramos corruptos y financiamos un gobierno que roba y no nos representa. Por eso es importante el aumento de la confianza institucional, el cual conlleva que las personas se involucren más con las instituciones y los mecanismos políticos.


Por último, otra forma para construir capital social, es permitir y facilitar las interacciones entre personas, por ejemplo a través de organizaciones voluntarias, en donde se puedan formar conexiones sociales, pues en la juntanza se pueden encontrar intereses comunes y valores compartidos. Esto es clave, porque el organizarse con otros facilita que se vayan creando vínculos al conocer en la forma de pensar, los estilos de vida, aspiraciones y preocupaciones de los individuos, lo cual influye positivamente en la confianza y la cooperación.


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